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Mujeres que reverdecen: la historia de María Galindo

Los pies descalzos que recorrieron Chinavita, Boyacá, y que hoy siembran esperanza en Bogotá

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  • "Yo cogía mi pala para trabajar en el humedal Capellanía, de Fontibón. Había un pastal que tocaba darle parejo, y yo feliz. Ese programa significó mucho para mí y fue una bendición muy grande", relata María Galindo. 
  • Esta Mujer que Reverdece creció en el campo, junto con sus padres y sus cinco hermanas, trabajando y apoyando sus labores.
  • Sin muchas opciones para tener un par de zapatos, hacía largos recorridos diarios para ayudar a su padre y estudiar.
  • En Bogotá logró vincularse al programa "Mujeres que Reverdecen" y seguir aprendiendo sobre el cuidado de las plantas y los ecosistemas.
  • Actualmente, tiene dos huertas en su casa, donde siembra diferentes tipos de plantas y hortalizas que comercializa con sus vecinos.
 
Bogotá, 24 de abril de 2023. (@AmbienteBogota). María Verónica Galindo asegura que uno de los mejores remedios para bajar la fiebre es la verdolaga de castilla y que solo basta con licuar unas cuantas hojas de esta planta, con limón, para beberla y sentir una mejoría casi que al instante. También, dice que machacar tres cogollos de paico, mezclarlos con un diente de ajo y tomarlo en ayunas "es bendito" para limpiar el hígado. 
 
Es imposible no creerle. María Verónica es una mujer campesina, de 69 años, que nació y vivió casi toda su vida en Chinavita, Boyacá. Aunque hoy reside en Bogotá, en el barrio Bosa La Esperanza, mantiene vivas sus raíces sembrando todo tipo de plantas y hortalizas, en dos huertas que tiene en su casa. 
 
 
Todo lo que sabe lo aprendió desde pequeña, mientras ayudaba a sus padres en diferentes labores; desde la más común, como sembrar, hasta otras más arduas, como caminar cerca de tres horas hasta el pueblo, con maletas y canastos a cuestas, porque en ese entonces no había carreteras, para vender y comprar mercado.
 
Pero hay una tarea en especial que ella difícilmente olvidará: desde que tenía siete años, sus padres la despertaban todos los días a las cinco de la mañana para que fuera hasta un páramo, que quedaba a más de una hora de su casa, a traer un caballo que requería su papá para cargar tejas de barro o piedras para fabricar cal.
 
"Era muy difícil y me demoraba mucho porque caminaba más rápido un viejito de 100 años que ese caballo; ya tenía muchos años encima. Además, iba descalza y sin nada para protegerme. Mis papás estaban endeudados y no había para nada más", cuenta.
 
Ese era tan solo el inicio de su jornada. Al regresar a casa con el caballo, María Verónica tomaba el desayuno que le dieran: caldito con huevo, si había forma, y si no, sancocho de calabaza o una sopa de maíz ¿pintao¿, eso sí, con coles, porque eran sus favoritas. Luego, emprendía otro largo camino hacia la escuela. 
 
"También me iba descalza. Era como caminar entre un pedregal y en el camino había una planada y cuando llovía había que zanjear porque si no se acumulaba el agua. Recuerdo que eso apenas se veía de colores como un arcoíris y, como yo andaba sin zapatos, me piqué los pies; también me picaron el hielo y el cemento. Me salió una infección en los piecitos, por debajo", recuerda.
 
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Aun así, disfrutaba llegar a aprender y, sobre todo, leer, leer y leer. En tan solo el primer año repasó una y otra vez los cuatro libros Alegría de leer: "Mi papá estaba aterrado y asustado porque él estaba sin plata y endeudado, y yo pedía más libros", dice. Sin embargo, sus ganas de estudiar en la escuela disminuyeron cuando sus compañeros, mayores que ella, le hicieron la vida imposible. Le pegaban, la remedaban y hasta intentaron arrojarla a una quebrada desde un puente un día de invierno.

El amor por el trabajo: un legado de sus padres

Tiempo después, María, al iniciar cuarto grado, tuvo que dejar el estudio ya que su papá empezó a sufrir una enfermedad mental que le impidió trabajar; además, unas cataratas lo dejaron ciego por más de 10 años. "Mi papá perdió la cabeza, se volvió como loco y ya no volví a estudiar. Nos tocaba cuidarlo porque no podíamos dejarlo solo. Luego, con unas vitaminas que le dieron, regresó en sí, pero murió de una trombosis, cuando tenía 74 años", relata. 

Aunque su infancia fue muy compleja, hoy María Verónica solo recuerda esa época con gratitud porque, como dice, fue la forma en la que sus padres lograron sacarla adelante a ella y a sus otras cinco hermanas: "mi mamá tuvo 12 hijos, pero seis murieron. Dos gemelos fallecieron 17 días después de nacer y otras cuatro hermanas murieron en un mes por una fiebre. Mi mamá tuvo que enterrar a una hija cada ocho días, prácticamente. A mí casi me lleva esa enfermedad también; mi padrino alcanzó a echarme la bendición, pero Dios me dejó y acá estoy", asegura.

Los padres de María siempre fueron muy trabajadores. Si bien tenían muchas deudas, se esforzaron para sacar adelante a su familia y dejar ese legado en cada una de sus hijas. "Mi relación con ellos era muy buena. A mi papá le gustaba mucho el trabajo y, hasta donde pudo caminar, trabajó. Aunque era delicado y le lanzaba a uno lo que encontrara. Mi mamá sí no, solo me dio tres juetazos una vez porque por ahí le contesté mal...una de pequeña", comenta María entre risas.

Con el amor que tenía por ellos y muy consciente de su esfuerzo, María, que era la mayor de sus hermanas, se encargó de cuidarlas mientras sus padres podían volver a casa. Recuerda que todas las tardes sentaba a las gemelas en sus dos piernas y las arrullaba para que no lloraran.

Cuando sus hermanas crecieron, se fueron a Bogotá a trabajar y María siguió viviendo en la casa de su mamá. A sus 18 años se enamoró de Quintiliano Díaz, un hombre igual de trabajador que su padre, con quien se casó y tuvo cinco hijos. "En septiembre de 2024 vamos a cumplir 50 años de casados. Mi familia lo quería mucho porque mi papá y mi suegro eran conocidos desde tiempo atrás, entonces, miren en lo que resultó todo", expresa María.

Una nueva vida en Bogotá

Recién casados, María y Quintiliano se fueron a vivir a un ranchito que tenía su abuela, era una casa hecha en bahareque. Luego, decidieron irse a San Luis de Gaceno, otro municipio de Boyacá, donde vivieron 12 años. No obstante, sus vecinos no eran iguales de generosos y, por el contrario, siempre mostraron su envidia. Esto los motivó a regresar a Chinavita, donde empezaron a tener problemas económicos.

Como sus hijos ya trabajaban en Bogotá y una de sus hijas ya había logrado adquirir un lote, les propuso a María y Quintiliano vivir en esta ciudad para que le ayudaran a cuidar su propiedad mientras ella trabajaba para terminar de pagarlo; ellos, finalmente, decidieron aceptar.

Semanas después, al ver la difícil situación económica, María, que siempre había seguido los pasos de su papá, compró un carro pequeño para trabajar vendiendo arepas boyacenses. Sus hijos la apoyaron y, mientras ella iba desde la madrugada a Corabastos a traer el queso, ellos le preparaban el almuerzo y, a veces, tenían el maíz molido para que ella pudiera ir a amasar.

"Duré más de 10 años vendiendo arepas, por eso quiero mucho este carro. Así me hiciera 200 pesos, todo lo que ganaba lo ahorraba y con eso logré comprar un lote en el barrio Perdomo, pero como quedaba en unas lomas y había riesgos de derrumbes, perdí mi inversión, porque tuvimos que dejarlo y el anterior propietario no me quería devolver el dinero", explica.

Sin embargo, esto no la detuvo y tiempo después compró la casa donde vive actualmente. Inicialmente, tenían "solo una pieza", una cocina y un baño pequeño, pero con los años lograron construir una casa de cuatro pisos.

Las duras pruebas de la pandemia

Todo lo que habían construido María y Quintiliano parecía desmoronarse cuando llegó la emergencia por covid-19. A su esposo, que siempre suele viajar a otros municipios a sembrar y trabajar, no solo lo detuvieron las medidas que se tomaron durante esta pandemia, sino una grave enfermedad que empezaba a ser más notoria cada día.

"Con el tiempo le diagnosticaron cáncer de próstata. Era terrible porque no podía ni caminar y tuve que bregar mucho para ayudarlo", recuerda María.

No obstante, cuando la situación parecía agravarse cada vez más en todo sentido, una de las hijas de María se enteró de una convocatoria para participar en el programa "Mujeres que Reverdecen", de la Alcaldía de Bogotá, y decidió inscribirla. "Le doy gracias a Dios y a la alcaldesa (Claudia López) por darme esa oportunidad, porque con el dinero que obtenía de allí pude ayudar a mi esposo y salir adelante. Con el tiempo él también logró superar su enfermedad", expresa aliviada María.

Quienes estuvieron acompañando a María en este proceso de formación, se asombraban de ver la energía que tenía. "Yo cogía mi pala para trabajar en el humedal Capellanía, de Fontibón. Había un pastal que tocaba darle parejo, y yo feliz. Ese programa significó mucho para mí y fue una bendición muy grande", asegura.

Aunque María ya tenía conocimientos de sobra, por todo lo que vivió en el campo, aprendió nuevas labores y todo lo ha aplicado en su casa sembrando arvejas, lechuga, canelón, sábila y demás alimentos, que también vende a sus vecinos e, incluso, a personas que viven en otros barrios y visitan su casa solo para comprar. También aprendió que con la labor de sus manos estaba ayudando a salvar el planeta.

Ella ahora es un ejemplo digno de emular: montó un sistema de reciclaje hídrico en su casa, con dos tanques de 250 y 500 litros cada uno que utiliza para recoger agua lluvia.

María y Quintiliano ya tienen 13 nietos y en ellos también siguen sembrando el amor por lo que hacen. "Agradezco a Dios por el trabajo y la salud que me ha dado y por esta familia. Espero darles buen ejemplo, que sean personas de bien y muy trabajadores, así como nosotros lo fuimos. Aunque todavía no me da pereza coger mi pala e ir a trabajar. ¡Si me llaman voy!".


¡Por mujeres como María, Bogotá Reverdece!

Escrito por: Laura Rodríguez Arévalo